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No fue buena idea embarcar tres ejemplares del animal más temible de América hacia España. Sucedió en diciembre de 1522, cuando Hernán Cortés despachó dos naves del puerto de Veracruz con destino a Sevilla, que portaban no solo el conocido como «tesoro de Moctezuma», sino también tres jaguares vivos. Los vaivenes de la mar hicieron que una noche la jaula de uno de ellos se terminara abriendo, y que el jaguar escapara sembrando el pánico por toda la nao en mitad del océano Atlántico.
El jaguar es el tercer mayor félido del mundo tras el tigre y el león. Es muy parecido al leopardo, aunque de mayor tamaño. En nuestros días todavía cuenta con una extensa distribución, desde México hasta Argentina (Fuente: Wikipedia).
El humanista Pedro Mártir de Anglería, que residía en la corte castellana, recibió noticias de lo que ocurrió y terminó dejándonos un breve relato sobre ello. En él contaba que aquel «tigre», según los españoles del momento llamaban, fue «saltando por la nave» y que «se ensañó por todas partes». El bravo animal, viéndose libre en un entorno tan hostil, reaccionó desatando su furia y dejando un reguero de víctimas a su paso:
«A uno le quitó el brazo; a otro la pantorrilla; a otro los hombros», contaría el cronista. Según continuaba, se vivió un momento especialmente angustioso cuando el animal saltó a uno de los mástiles y cogió a uno de los marinos que trepaban por él para ponerse a salvo. Por fortuna, «a este le ayudaron ya medio muerto los compañeros y no murió». En total, y sin dar más detalles, según Anglería se contabilizaron dos muertos y siete heridos.
Como vemos, el jaguar se movió a sus anchas por la nao y tuvo tiempo de causar importantes estragos. Tras el gran sobresalto inicial, los que viajaban a bordo empezaron a repartise las armas no solo para poder defenderse sino para intentar matar a la fiera. Así, no hubo quien no portara una espada, una pica o cualquier otra arma, gracias a las cuales consiguieron herir y cercar al jaguar que, al verse acorralado, se lanzó al mar.
Así concluyó este episodio. Fue grande el temor que dejó entre quienes estaban allí, que a continuación no dudaron en matar dentro de su jaula al otro jaguar que portaban en la nao. Según Anglería, el tercer «tigre» lo traían en la otra nave.
Aunque muy brevemente, Bernal Díaz del Castillo no dejó de reseñar también tan sonada anécdota, aunque según él fueron dos los tigres que se soltaron, y un tercero al que acabaron matando «porque era muy bravo y no se podían valer con él».
Traían aquellas naves, según dice Benavides, tres tigres criados desde pequeños, cada uno en su jaula, de buenos palos compaginados, dos en una nave y en la otra el tercero. En la que llevaba dos, con las sacudidas de la nave por las tempestades, una de las jaulas se abrió un poco de modo que se pudo salir el tigre; y al salirse de noche, no con menos rabia fue saltando por la nave que si jamás hubiese visto a ningún hombre; se ensañó por todas partes, hirió a siete hombres: a uno le quitó un brazo, a otro la pantorrilla, a otros los hombros; a dos mató; a uno que huyendo se subía al mástil le cogió de un salto; a éste le auxiliaron ya medio muerto los compañeros y no murió. Todos los que había acudieron con las picas, espadas y toda clase de armas, y acosándole con muchas heridas le hicieron saltar al mar. Y para que el otro no hiciera otro tanto, le mataron en la jaula. El tercer tigre dice Benavides que le traen en la otra nave.
Pedro Mártir de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, Libro VIII, Capítulo II.
Partieron del puerto de la Veracruz, que fue en veinte días del mes de diciembre de mil e quinientos e veinte y dos años, y con buen viaje desembarcaron por la canal de Bahama. Y en el camino se le soltaron dos tigres de los tres que llevaban e hirieron a unos marineros, y acordaron de matar al que quedaba porque era muy bravo y no se podían valer con él, y fueron su viaje hasta la isla de la Tercera. […] E ya que iba con los dos navíos camino de España, no muy lejos de aquella isla topa con ellos Juan Florín, francés corsario, y toma el oro y navíos.
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista de Nueva España, Capítulo CLIX.
Imagen de la cubierta de la réplica Nao Victoria 500, de la Fundación Nao Victoria, Sevilla.
Bernal Díaz del Castillo contaba que los navíos en que viajaban los jaguares fueron los mismos en los que Hernán Cortés enviaba el fabuloso tesoro capturado durante la conquista de Tenochtistlán, así que se trata de los que sufrieron la famosa captura por parte del corsario francés Juan Florín. Este consiguió interceptarlos y hacerse con tan señalado botín, que causó sensación en el rey de Francia.
Florín no solo tuvo suerte por toparse con los navíos que más riquezas portaban de cuantos habían cruzado el Atlántico hasta entonces, sino también de haberse librado del peligro que habría supuesto navegar con un jaguar.
Según añadía Díaz del Castillo, el pirata no tardó en recibir justicia. Intentó repetir pero fue apresado por los navíos españoles a los que atacó. Se le requisaron los barcos y su carga, fueron tomados presos muchos franceses, y llegó preso a Sevilla. Desde allí se le encaminó hacia la corte, aunque al saberlo el emperador ordenó su ejecución antes de que llegara. Así, Florín fue ahorcado en el Puerto del Pico, en la Sierra de Gredos.
Ilustración de un jaguar publicada en la crónica de Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo.
Detalle de la obra Vista y Plano de Toledo, por El Greco, hacia 1610.
No queremos terminar sin acordarnos del jaguar que, esta vez sí, recibió Carlos V en Toledo en el año 1526. Nos lo contó el cronista de Indias Gonzalo Fernández de Oviedo, gracias a quien sabemos que el animal llegó siendo todavía cachorro, y más o menos al tiempo en que murió un león con el que el emperador cazaba. Había allí un hombre que se había ocupado de amaestrar al león, y al quedar sin trabajo se ofreció a repetir con el jaguar. El emperador accedió.
Fue entonces cuando Oviedo dice que estuvo con el cuidador, quien vivía en una huerta a las afueras de la ciudad. Allí tenía al jaguar para amansarlo y enseñarlo a cazar. Según contó, quedó espantado al ver que lo mantenía fuera de la jaula, «muy doméstico, atado con muy delgada cuerda». No era el primer jaguar que veía el cronista («comen a muchos indios, e son muy dañosos», decía) , así que conocía bien la fiereza de este animal. Junto a Pánfilo de Narváez, que lo acompañaba, avisaron a aquel hombre rogándole que buscara otro oficio mejor, porque cuando el jaguar creciera se le «doblaría la maliçia» y tarde o temprano lo mataría.
El cuidador desdeñó los consejos, así que Oviedo marchó «confiado que aquella amistad avia de durar poco, porque aun quando el caçador le rascaba, el tigre no sé qué se deçía reçado, o murmuraba entre dientes».
No habían pasado ocho días cuando el jaguar hizo lo que el cronista esperaba, y «le tractó de manera que si no fuera socorrido, le matara. Desde a poco tiempo el tigre se murió, o su maestro le ayudó á morir, lo qual creo yo más», según decía. Con gran razón terminaba Oviedo este caso, al afirmar que «tales animales no son para entre gentes, según son feroçes e indómitos a natura».
fuentes y bibliografía: